viernes, 19 de junio de 2009

A VICENTE FERRER Y A FERRAN



En el día de hoy quiero recordarle como a un ciudadanos más, podría dedicarle alabanzas, méritos y honores a través de su inmaculada ascensión hacia el reino de los más desfavorecidos, pero de estos asuntos se ocuparan otros.
Prefiero evocarle en mi memoria como a un ser cercano, afable, casi ingenuo. Le atraía que le observáramos a traves de ese prisma.
Ferrer, hombre intuitivo a todo, próximo en la preocupaciones que rodeaban su barrio, se te acercaba sonrisa en mano y ternura en su voz; y a todos se daba por igual, y por igual todos le buscábamos, en su trabajo, en la asociación, en la sala de actos, en la calle, en su casa. No he encontrado santuario con más peregrinos.
Nos lo disputábamos como trofeo, ¿y quien de nosotros no fingió exagerando la gravedad de un problema en aras de llamar su atención?
Los días se sucedían unos a otros rasgando el calendario como diablos hambrientos; los recuerdo con una lucidez que asusta, como detenidos en el tiempo. Días anchos y abundantes; provechosos hasta que Ferrer quebró con sus palabras nuestras gargantas -os tengo que dejar- todo lo abandonó, trabajo, barrio y amigos (unos con el tiempo lo entendimos, algunos todavía no le han perdonado, le siguen necesitando) para llegar y llenar a otros universos humanos más perdidos.

Dedicado a Vicente Ferrer y a Ferran, quien le siguió los pasos.


He de aclarar que yo no he conocido a Vicente Ferrer, pero si tuve el privilegio de tratar a Ferran, quien si disfruto de su amistad por aquellas tierras hartas de hambre.